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11 de octubre de 2026

Y brindé por ella...

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No sabía por qué, pero desperté con un nudo en la garganta. Igual supongo que se siente algo parecido cuando dicen que «es viernes y el cuerpo lo sabe».

En fin, pese a sentir que era un presagio claro de que iba a ser un día jodido, iniciamos nuestra jornada con el Lukitas como todos los días: su caminata matutina, luego su desayuno habitual y, para mí, un sándwich de huevo con café, porque dice el médico que a nuestra edad hay que ayudarle al cuerpo con proteínas. ¡Joder con esta vaina de la edad!

Tocaba otro round con la enredadera y, como ya suele ser habitual, pese a que la lastimé un montón, bajé muy poco el volumen. Eso sí, tuve que hacer dos viajes al contenedor llevando las ramas cortadas y terminé con mis brazos y manos mostrando las marcas de lo brava que fue su defensa.

No, no me gusta hacerlo. Supongo que debe ser por la época en que Angelita, sutilmente, sugería que ya estaba tan grande la enredadera que les quitaba la luz al resto de sus plantas, a las rosas sobre todo. No me dejaba opción y debía proceder a colocarme guantes, gafas de seguridad y sombrero, tomar las tijeras y ponerme a la tarea de podar el jazmín, seguro de que al finalizar vería su agradecida sonrisa, recibiría un amoroso beso y disfrutaría de un delicioso almuerzo dominical.

Cuando alistaba los ingredientes para cocinar mi almuerzo, se me ocurrió mirar los mensajes en WhatsApp y, al ver el que envió Juan Carlos, nuestro director, a las compañeras de trabajo, entendí la razón de la angustia con la que desperté.

Abrí una botella de vino y comencé a preparar el morfe porque, igual que cuando ella estaba, prefiero comer en casa antes que salir a ver qué encuentro. Por supuesto, tuve cuidado de separar para el pequeño una porción de carne asada antes de condimentarla y mezclarla con los aderezos respectivos, porque Angelita no me perdonaría que le diera a su wawa alimentos con ajo u otros condimentos.

Serví la comida de Lukitas así como la mía y, mientras inevitablemente corrían lágrimas por mis mejillas, brindé por ella, por Angela Milenka, que fue mi esposa y una gran mujer orgullosa de ser boliviana. Brindé por mi madre, Bethzabé Claudina, sin cuyo coraje no estaría escribiendo estas líneas. Brindé por mi abuelita Segundina y mis tías Jahel, Amanda, Domitila y Miguelina, y por las otras tías que no cito en detalle para no cometer la impertinencia de olvidar a alguna.

Brindé por mis compañeras de trabajo, capísimas todas ellas, y por las muchachas de mi promoción, chicas de ñeq'e, sin quienes no hubieran sido posibles tantas aventuras y travesuras realizadas en el colegio.

Brindé por mis primas, mis amigas y por las mujeres que me ayudaron a atender a Angelita, y por las que me apoyaron y apoyan con la atención de mi mamá, así como por las que atienden la salud y le hacen fisioterapia a Lukitas.

Sí, emocionado como ya estaba, con medio tinto en el garguero, brindé también por las mujeres que amé y me amaron, y también por las que no lo hicieron (claro que muchas de ellas ni se enteraron de los sentimientos que provocaron en este atorrante).

¡Joder, brindé por la mujer boliviana! Y me retiré a llorar otro poco y a dormir un rato con el Lukitas, compañero de vida que me dejó mi amada esposa Angelita.