(20/05/2015)
Acababa aquel mes de marzo y con él los días agradables del verano
chicheño, por órdenes superiores nos trasladaríamos ese medio día a
Mojo, era el destino para realizar la segunda "revista", llegamos como a
las cinco de la tarde arrastrados por aquel tren carguero que dejó los
últimos vagones, mientras recogíamos nuestros enseres la humeante
locomotora continuó su recorrido al sur con algunos vagones cisternas
llenos de combustible.
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Villazón |
En la estación que estaba vacía, sobresalía
una torre de agua y a los costados de la vía una gran cantidad de
maderos de quebracho, que servían de "durmientes" para sostener los
raíles del ferrocarril.
En correcta formación y a los sones de una
marcha cantada a capela, llegamos a las puertas del vetusto Cuartel de
Mojo. Allí, una escuadra de conscriptos y un sargento dieron el parte
correspondiente a nuestros instructores, con los últimos rayos del sol
ingresamos en él y la primera impresión que me causó fue de desamparo,
hicimos un recorrido rápido por las instalaciones a la vez que limpiamos
nuestro dormitorio, habían pocas camas, por eso, yo compartía la misma
con mi primo el "Caronte".
Los días posteriores eran de rutina, a primer
hora el desayuno, luego la gimnasia, el orden cerrado hasta la
extenuación e invadidos por las diminutas y molestas estrellitas del
suelo agreste que se pegaban al uniforme de jerga de tanto "tenderse,
levantarse" y que causaba escosores insoportables, posteriormente a
comer, por las tardes visitar el terreno donde prepararíamos el examen
táctico de toma de localidades, marchábamos hasta el puente más
sobresaliente, y luego de unas simulaciones, recorríamos dos columnas de
soldados flanqueando las vías, para tomar prisioneros a cualquier
transeúnte y al jefe de estación, que cooperaba todos los días y
finalmente, la toma del cuartel, como si se tratara de un asalto a una
fortificación enemiga.
Todos los atardeceres, antes de la cena
bajábamos hasta la estación de trenes, cerca de ella estaba la tienda
donde podíamos comprar algún pan o mortadela para llenar el buche que
parece no tener fondo cuando se es conscripto. Muchos de los camaradas
recordarán a la uraña mujer que atendía la tiendita, miraba de reojo
debajo de su ajustado sombrero con cierto aire de Cow boy, por eso quizá
la llamábamos "la Red Ryder".
De esa estadía en aquel poblado tan
particular son mis conversaciones con el gran amigo Chaba García. Raul
era maestro de niños en la escuelita que quedaba contigua al camino
carretero. Los domingos de franco nos apeábamos en la tranca para
esperar la primera movilidad que llegara, si venía del norte, nos
iríamos a Villazón, si venía del sur el recorrido sería más largo hasta
Tupiza, otras veces nos quedábamos en Arenales a degustar los sabrosos
asados de cabrito con los últimos choclitos de temporada, otras veces
llegábamos a la casa del amigo Freddy Vargas el yurumeño que quería
vaciar su despensa a fin de tenernos bien comidos.
Aquella mañana
nos despertamos más temprano de lo habitual, antes que rayara el sol
estábamos preparados para partir a Villazón, teníamos que asistir al
desfile por su efemérides, llegamos al pequeño cuartel muy cerca de la
estación de ferrocarriles, recorrimos una ancha avenida dividida por las
vías del tren hasta el edificio de la Terminal de buses, ahí a la
vuelta, la plaza principal, una torre de iglesia sobresalía altiva,
donde llegaban casi todos presurosos, una comitiva de autoridades
civiles y militares encabezaba aquella columna humana, la presencia de
un cura que saludaba con aire festivo me llamó mucho la atención.
Y
llegó nuestro turno, el oficial con un discurso no habitual terminó con
un: "Con compás, marrr" y a la misma orden la banda de música empezó los
acordes de la marcha mas lenta, para el paso de "ejercicio", los
civiles dirían "paso de parada", al subteniente "Borsalino" se le
hinchaba el pecho, con el mentón casi pegado al esternón, su mirada
fija y blandiendo su sable, encabezaba nuestra sección, la de los más
bajitos, que portábamos fusiles, una ametralladora por escuadra y los
lanza cohetes ante el aplauso de la población.
Aquel día, creo que
inauguraban el nuevo mercado, se veía todo limpio, allí almorzamos, cada
vivandera estaba obligada al parecer, a dar de comer a cuatro o cinco
soldaditos, recuerdo que después de mucho tiempo nos daban a escoger el
plato, yo me atreví con un delicioso saice y que además era generoso
como una montaña, por la tarde nos dieron franco, así que nos fuimos de
paseo y casi al anochecer nos tomamos unos vinos de damajuanas en
abundancia, no reparamos las horas cuando recuerdo que estábamos en la
puerta de una fiesta en la "Terminal", insistiendo en querer entrar,
cuando de repente oímos una voz muy familiar: ¡Soldaditos...!, quedamos
firmes, pero el vino ya había hecho su tarea, nos ordenó que nos
retiráramos de inmediato. Se trataba del Teniente Fernández oriundo de
aquella ciudad, al que cariñosamente le decíamos : "El Men", ja, ja,
ja...
Volver al cuartel y en esas fachas no era lo aconsejable, sabíamos
qué sargento estaba de guardia, por eso buscamos alojamiento en casa de
un familiar conocido que se apiadó de nuestra temeridad a esas horas y
soportando el intenso frío solo posible al amparo de los vinos en el
organismo. Eran los días del penúltimo año que gobernaba el general como
si se tratara de su feudo particular.
Hoy 20 de Mayo, están de
fiesta nuestros hermanos de Villazón, para todos ellos nuestros
agradecimientos por ser vigías de la bolivianidad - y aunque todavía se
percibe aquella rivalidad creada por intereses ajenos que nos
dividieron administrativamente- Vaya para todos ustedes un abrazo
sincero de un Karazapato, como gustan decirnos, y que tengamos mejores
días, los que soñaron y sueñan sus mejores hijos, como Carlos Villegas,
Hernán Cayo, Lelis Molina, Oscar Solíz, Mario Lima, el querido
"Matracas" y tambien a mis paisanos que se quedaron allí para engrosar
las filas de los guardianes de nuestra frontera: Roberth Vargas,
Héctor Ortega, Héctor Ajalla, Mery Cedro, José Lafuente,el "Peluso" y
tántos otros.
Para mi amigo Papillón con quien compartí aquel encierro entre risas, patadas, palos y marchas...