De mis paisanos IX

Y aquel año, la alegría del paisano (del Quintacho su tocayo), al arribar al pueblito encantau en las vísperas del sábado de carnaval, solo fue superada por la algarabía de compartir con los amigos y la familia (obvio microbio), durante el transcurso del carnaval en medio de grandes libaciones, comilonas, bailes y cantos propios de la fiesta carnavalera, como éste que a voz en cuello solían entonar los Mal Paso:
Lalaralala, laralala, laralala...
Sábado bailaré, domingo cantaré
Lunes farrearé, martes ch'allaré
Miércoles de ceniza, domingo es tentación...
(extracto de la Morenada del Mal Paso)

¡Lindo pues, se había chupau el paisano! Cantó, bailó, bebió y comió cual si fuera "la última vez Catalina". Tanto así que calculando que ya se acercaba la hora en que arribaba el tren del sur que debía trasladar al paisano su consorte y vástagos hacia el norte, la doña se dio mañas para llevarlo bailando, seguidos de las parejas de amigos y parientes, cual si de una comparsa más se tratara hacia la vieja y querida estación.

No había modo de hacerlo subir al coche, en el cual, las maletas, maletines y avíos estaban ya acomodados. La señora pasó del trato amable a las voces de mando (condimentadas con ajos y cebollas), los chicos le jalaban y los amigos empujaban por la espalda, mientras él aferrado con ambas manos a los pasamanos de la puerta de entrada al vagón y con los pies firmemente apoyados en el primer escalón del mismo, se resistía al tiempo que con una voz salida de dónde brota el sentimiento mismo y casi con lagrimas en los ojos entonaba:
(...)Si tanto quiero a mi tierra, cómo quieren separarme,
Si tanto quiero a mi tierra, cómo quieren separarme(...)